24 de noviembre de 2006

EL IDIOTA

Una vez más siento tu violenta mirada lastimando mi ser. Siento tus odios alimentarse de mis fetales fantasías, muertas antes de nacer.
Sin quererlo, permanezco con los brazos cruzados, siendo testigo de tu negra pasión que desangra tus viejas palabras de amor, que yacen muertas debajo de la cama. No quiero verlo, pero el morbo me empuja y me acorrala en una única opción con su filosa espada de perversa curiosidad.
Mientras todo esto pasaba como en una vieja película en cámara lenta, pude notar que la maldad que te movía con sus fuertes hilos de poder te enorgullecía a la vez que te arrancaba de un miserable golpe toda la belleza que te iluminaba cuando la inocencia era tu guía.
Pero hay algo que no puedo entender, algo que me enloquece por su compleja y retorcida existencia... y es que no puedo, pues no quiero, escapar de este agresivo torbellino que desatas con tu hermosa maldad.

18 de noviembre de 2006

MIRADA

Un día oscuro como cualquier otro día oscuro te apareciste en mi espejo cuando sólo buscaba ver mi triste alma, ver mis ojos mirando mis ojos. Sólo quería entrar en mi cabeza para hacer la limpieza que siempre hago, pero no pude porque tu imagen violaba la veda que precariamente levanté a tu persona.
Frente al espejo, ahí parado, mirando lo que nunca pude ver, mis ojos mirando mis ojos, pensé en algo que nunca había pensado. Pensé que si no estabas conmigo era porque así lo deseaste… estar lejos de mi piel te hacía bien, puesto que mi piel y mi sangre ardiente de mi te quemaba el corazón.
Aquél día oscuro, como cualquier día oscuro sentí algo que jamás había sentido antes… me había sentido bien viendo lo que nunca alcancé a ver… mis ojos mirando mis ojos.
Miré al espejo y al verte pedí solo una cosa, lo único que en realidad quería… pedí que te quedaras conmigo, pero al parecer ya habías descubierto mis locuras y mis miedos… era tarde ya para darme la oportunidad que nunca me habías dado. Era tarde para todo intento de fracaso.
Saqué de mi pecho todo lo que pedías en tus silenciosos gritos, te lo di y lo rechazaste, y te quedaste con el moho que te comía hacía años ya, moho que se había comido tu carne hasta hacer hogar en tus pobres huesos.
Te ofrecía cosas que querías, que necesitabas y las rechazaste aferrada a tus locuras y miedos… miedos y locuras distintos a los míos, pero locuras y miedos fuertes.
Las horas pasaron y yo seguía de pie frente al sucio espejo, pensando. Acaso habrá alguien que asista a mi entierro? Pocas serán las personas que estén en ese último momento de mi vida. Pensaba, también, y me preguntaba… me preguntaba sin responder. Qué tengo? Qué hice? Que recordarán de mi?
Frente al sucio espejo esperaba las respuestas que cayeran del borde del marco. Sucio marco sin respuestas.
El maldito espejo me miraba, porque no era yo reflejado en él, yo nunca me vería tan patético, tan tristemente patético, siempre me lo prometí. Su mirada me incomodaba tanto que tuve que matarlo, porque no reflejaba lo que yo quería, sino que reflejaba la perversa realidad de mis penas.
Y ahí estaba el espejo. Roto en el suelo. Intenté rearmarlo para reparar los daños que le había causado, por haber roto sus reflejos hirientes, por haber matado su verdad, por no haber aceptado lo que me daba… así como tú no habías aceptado lo que yo te daba.

10 de noviembre de 2006

INTERNO 455811

Las paredes me asfixian por su color fétido, verde y amarillo que se mezcla con el olor de los otros internos. No puedo ver más allá de mis ojos a pesar de tenerlos abiertos. Dicen que no quiero ver, pero no puedo... en realidad nunca lo intento por miedo a ver lo que dicen que está ahí y tampoco quiero que me toquen las sucias manos de la gente que me rodea.
A veces vamos al patio. Yo voy al patio con todos, para no perder mi lugar. No quisiera que me sacaran el lugar. El lugar es como el alma: no puedo dejar que me la saquen y se la lleven al infierno con el resto de mis cosas, eso también me da miedo y el miedo no me gusta, me hace sentir frío cuando no hace frío.
Hay un gato que me acompaña a veces y yo lo acompaño a él. Siempre le doy lo que yo no como, aunque casi siempre como poco para darle a él. Yo sé que a él le hace más falta que a mí y que él tiene más frío que yo, porque tiene más miedo también. Me lo dijo una vez que el ciego le pegó.
Quisiera poder volar y salir de éste lugar, pero imagino que si pudiera volar me iría muy lejos y me perdería ahí lejos... tendría frío otra vez, porque cuando me pierdo me da miedo y el miedo me da frío, creo que es algo natural, el miedo.
Ayer en el patio comí del pasto de al lado de un árbol, como una hormiga comía de ese pasto y me sentí más pequeño y me di cuenta de que no hace falta ser grande y tener alas para escapar, sólo tendría que ser pequeño como la hormiga aquella con la que comía pasto de al lado del árbol. El árbol es también grande pero no creo que pueda volar con las alas que yo tendría... tendrá frío?
De todas formas tengo que acostarme porque ya es tarde. Eso me dicen. Quisiera saber... tarde para que? Creo que tampoco importa... tengo sueño y frío y mi cobija no abriga, nunca quiere abrigarme... tampoco quiere estar aquí... cobija, no tengas frío, yo estoy aquí también.


TODOS ESTAMOS SOLOS Y NECESITAMOS DE ESO TAMBIEN.

3 de noviembre de 2006

ESCONDIDA BAJO TIERRA

No olvides decirle que la amas, siempre puede ser tarde.

Los gusanos le hacen el amor a lo que queda de tu cuerpo, mientras el perfume de tu carne putrefacta inunda el cajón que te cobija.
Un festival de muerte y pasión imperturbable se alimenta de tus cabellos que, aún difunta, crecen para enredarse con las raíces que violan tu lecho.
Tus ojos se hunden y esconden para no ver en lo que terminó el cuento de tu vida. No quieren aceptar la realidad que te ahoga y tus huesos duelen vencidos por la crueldad con la que el tiempo los consume. Es un dolor agudo… lo sé.
Tu piel cae en pequeños trozos de pudrición que alimenta tus pesadillas más obscuras. Porque aún estando muerta, puedes sentir el frío de la soledad y el silencio del encierro, pero tus músculos no responden a tus tácitos gritos de dolor y te atan a la inmovilidad eterna.
Perdida en el escenario que te amordaza en la negrura de sus telones, ruegas piedad… pero olvidas algo… nadie escucha los quejidos de los muertos, pues por eso los sepultan.
 
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